Cigarras y hormigas

Me acabo de enterar por la wikipedia de que en la fábula de Esopo, la hormiga le regala unos granos de arroz a la cigarra para que pase el invierno (aunque por supuesto le advierte que debe ser previsora y no contar con la compasión y generosidad ajenas).
Es en las recreaciones de Samaniego y de La Fontaine donde la cruel hormiga deja morir a la cigarra.
Viene incluso un fragmento de la fábula de Jean de la Fontaine absolutamente terrible. Lo podéis leer aquí.

Bueno... Lectores, amigos... Tengo algo que deciros: Yo soy una cigarra, ¡¿Qué le voy a hacer?!
Es así, no creo que yo lo haya buscado, me parece más bien que está en mi naturaleza ser cigarra. Y me encantaría hacerle caso a la hormiga y dedicar mis veranos a recolectar bellotas, y lo que se tercie, para tener provisiones para el invierno, pero no puedo. En serio. No sé hacer nada de eso, y cuando lo he intentado me he sentido tan terriblemente desgraciada que no he encontrado ningún motivo para sobrevivir al frío.
Entendedme cuando digo que creo firmemente que las cigarras somos necesarias. Quizá sólo sea autoengaño, pero ¿cómo podría pensar de otra manera?, ¿cómo podría darles la razón a Samaniego y a de la Fontaine, y deducir que, si no puedo ir contra mi naturaleza, merezco morir? ¿Que mi existencia no tiene ningún sentido?.
De modo que , afirmo que las cigarras somos necesarias. Las hormigas sin las cigarras no harían otra cosa que sobrevivir. Somos las cigarras quienes facilitamos que las hormigas vivan, y no sólo sobrevivan. Pero ¡Atención!, sin las hormigas estamos todos perdidos, sin ellas sería imposible la supervivencia de las cigarras . Somos unas auténticas inútiles. Y sin embargo existimos para hacer felices tanto a cigarras como a hormigas.
A mí, el canto de algunas otras cigarras me emociona hasta el arrebato.

Por todo ello hago dos llamamientos:

- El primero:
Queridas hormigas: Las cigarras tenemos algo que ofreceros -Nuestro canto-. A cambio, sed compasivas y regaladnos algo de arroz para el invierno. ¿O es que deseáis pasar en absoluto silencio el resto de vuestros veranos?

-El segundo:
Señor de la Fontaine, Samaniego y contadores varios de cuentos con moraleja: Recordad que vuestras historias las leen, escuchan y cuentan tanto hormigas como cigarras. Permitid que las cigarras seamos honradas con nosotras mismas y no nos deis moralejas que nos fulminen.

Gracias a todos.




Feliz 2011

Cuentos eróticos

El 19 de diciembre participaré en un cabaret de cuentos eróticos. Me lo propusieron y dije que sí, recordando además que los dos primeros relatos que conté en un café teatro fueron sexuales. Supongo que retomaré uno de aquellos dos cuentos.
...

He buscado cuentos eróticos en la red, y lo que aparece así, de primeras, enrojecería a un carnicero. (Bueno, en realidad no, no me enrojece ni a mí, que puedo ser pacata a ratos) quizá no enrojece, porque ya no estamos para enrojecernos con nada, pero no entiendo que algunos de esos textos puedan erotizar sino a mentes algo perturbadas, pues no hay en ellos nada placentero, festivo o divertido.

Tampoco quiero perder el tiempo hablando de relatos supuestamente eróticos que no me erotizan. Sólo quiero mencionar que a pesar de que el sexo es una fiesta, y los cuentos son ámbitos extraordinarios, y la confluencia de estos dos hechos maravillosos debería generar placeres sobrehumíticos, muchas veces genera la aberración de no saber pisar lo extraordinario, llevando la fiesta a unos límites inadmisibles. Y me pregunto cómo somos tan tarugos.

Se me ocurre, así, a bote pronto, que el sexo es una de las cosas que más intensamente nos recuerda nuestra naturaleza animal, nuestra bestialidad... Y, todavía más evidente que el hecho de ser animales, nos recuerda que somos cuerpos. Y, aunque esto es así y lo sabemos, tenemos tendencia a rebelarnos contra esta falta de sofisticación, de glamour...

Sin embargo la fiesta nos espera, así que disfrutemos de nuestra corporeidad y de nuestra animalidad.








Amor

Como lo prometido es deuda, aquí va un hermoso texto de Carson McCullers:



"El amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante del que estamos hablando no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.

Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una chica desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.


Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor."


(Fragmento de la novela corta "Balada del café triste")



¿No es un aspecto suficientemente poderoso en nuestras vidas, como para ocupar gran parte de la temática de nuestros cuentos?.

¿No es enigmático?.

¿No nos obliga a mirarnos de frente, a lanzarnos, a huir, a llegar a los límites de nuestra propia persona?.

Trabajo, salud, DINERO y amor

Publiqué hace algo más de un mes dos entradas que se titulaban Trabajo y Salud.

Después de escribir sobre salud, vi un episodio de Bob Esponja (me encanta) que me pareció que contaba exactamente lo que yo había querido decir en aquel post. Os invito a que lo veáis haciendo click aquí.

Después pretendía seguir haciendo de horóscopo y continuar con el dinero y con el amor. Bueno, pues en ello estoy.
Sobre amor prometo compartir con vosotros un texto de Carson McCullers que me conmueve profundamente, pero otro día.

Hablemos de dinero.

Es curioso que en los horóscopos, uno de los cuatro campos fundamentales de nuestra vida sea el dinero. Es curioso, digo, porque podría formar parte del espacio dedicado al trabajo, y no es así. El dinero tiene una personalidad apabullante.
El dinero en acto tiene un valor practicamente igual a cero, vale el papel o el metal con que está fabricado y ni siquiera, ya que la mayor parte de él está en bancos y se mueve en formas extrañísimas que yo desconozco, en lugar de permanecer metido en un saco dentro de una caja fuerte, como en los dibujos animados y en las películas antiguas... El dinero aquí y ahora no vale nada.
Sólo tiene valor en potencia, y eso es lo que lo hace tan poderoso.

Si tomamos una cantidad cualquiera, por ejemplo 40€, ese dinero en nuestra cartera no es más que unos pedazos de papel, pero potencialmente pueden ser unos zapatos, una comida en un restaurante bueno, 6 ó 7 comidas en un burguer, la comida de toda una familia durante un mes a base de arroces y mucha imaginación, unos billetes de avión a una capital cercana con una compañía low cost... Y mil cosas más. Una vez que lo gastamos en lo que sea, vamos a poner que hemos comprado un jersey, cuatro pares de calcetines y una bufanda, dejamos de tener en la cartera nuestros ridículos pedazos de papel, y a cambio vamos más calentitos y más guapos. El cambio parece bueno, sin embargo nos pesa, ya que al decidirnos por la ropa, hemos renunciado a todo lo demás.
Por eso nos gusta tener dinero, porque mientras lo tenemos hay infinitas posibilidades a nuestro alcance. Y cuanto más dinero más posibilidades.

El dinero es poderoso no por lo que es sino por lo que puede llegar a ser y, en el momento en que lo cambiamos por un bien de uso, pierde todo su valor (a no ser que lo cambiemos por algo que se vaya a convertir en más dinero, como un Van Gogh o el rizapestañas de Marilyn Monroe). Y eso es fascinante.

Todos lo conocemos, todos lo utilizamos, todos sabemos cómo aumentaría ese valor potencial, ese abanico de alternativas, si tuvieramos más. Por eso ocupa un espacio en nuestras vidas y es uno de los protagonistas de nuestros cuentos (todo lo que nos toca, nos identifica y excita nuestras pasiones, ya sean oscuras o puras, forma parte de nuestras historias).
Cuentos infantiles en los que se castiga al avaro y se premia al pobre humilde y desinteresado dándole ese dinero que nunca tuvo y con el que, aunque el cuento no lo diga, no va a saber qué hacer... Hay miles de ejemplos.

Voy a terminar con el fragmento de un cuento. No habla de dinero, pero habla de eso que hay dentro de nosotros que nos impide disfrutar de lo que existe a nuestro alcance en acto, y anhelar poseer (pero solo en potencia, porque sabemos que si logramos hacerlo realidad no nos satisfará) lo que no está en nuestra mano.

No tengo, pues, ninguna gana de no ser, pero sí una desesperada y prepotente voluntad de ser de otro modo, de ser otro. Y tengo también un desesperado deseo de no ser lo que soy, porque soy de tal manera que quiero lo que no podré tener nunca. Yo quiero no ser yo, porque sé que no podré nunca no ser yo.

"No quiero ser el que soy", Giovanni Papini


Sobre cuentos y diarios

EL DIARIO A DIARIO
Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza.

Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.

Julio Cortázar

Los cuentos también pueden tener metamorfosis de este tipo. Pueden, igual que el diario, convertirse en un montón de hojas impresas. Éstas, la mayor parte de las veces, están encuadernadas entre dos tapas más o menos lindas, y embutidas en una estantería.

Un cuento es un cuento cuando se está leyendo, también cuando está esperando a ser leído o releído. Y un cuento es cuento de otra manera cuando se está contando.

No es que el cuento sea más cuento cuando se cuenta, no es eso. Hay cierta intimidad al leer un cuento, y otro tipo de lenguaje en la literatura.

Un cuento contado es un cuento aéreo. Deja de vivir sobre el papel y transmigra en aire. Aire que viaja a través de la sala, o de la plaza, o del parque hasta el corazón atento del que escucha. Y hay otro tipo de intimidad entre esa historia y ese escuchante. El escuchante no está a solas con el cuento, está el cuentacuentos haciendo las presentaciones, y no sólo a él, sino a todo un grupo de escuchantes. Y sin embargo, al que escucha le parece que aquello le está siendo contado de manera casi exclusiva.

Y el cuentacuentos también se reencuentra con la historia. La puede ver en los rostros de quienes le escuchan. De repente el cuento está ahí, en el aire, tomando forma. Y el que cuenta se sorprende y se emociona al comprender esa forma, y se la va describiendo a los que allí están ¡Qué tonto! ¡como si ellos no lo vieran...! Y es verdad que el público hace un poco como que no la ve, porque les encanta oír cómo el cuentacuentos señala al vacío y va enumerando las hebras, los nudos, los giros y engrosamientos de ese cordón de aire que le une a los escuchantes.

Ésta podría ser yo



Hace ya unos meses que descubrí a Michaela Pavlátová.

He dejado que ella misma se presente en el vídeo. Yo no sé mucho de ella, he visto algunos de sus cortos de animación en youtube y os los pondría todos uno detrás de otro. Pero me voy a reprimir; ya supongo que, si os interesa, los buscaréis vosotros.
Sí que os cuento que estudió arte, arquitectura y dibujo en Praga. Hace dibujos animados, ilustra cuentos y es profesora de animación.

Es una contadora de historias excelente.

Me gustan sus dibujos, sus dibujos ya cuentan muchas cosas, al margen del texto, del guión...
Me resulta muy íntima.
Me gusta que nos enseñe cómo era de niña, y que nos cuente cómo es hacerse mayor.
Nos muestra su estudio. Dice que es su lugar secreto, y sin embargo deja que entren las cámaras, que entremos todos. Y su estudio sigue siendo su intimidad, su lugar de creación, escondido e impenetrable por nadie que no sea ella.

Salud

A la suya, de usted.

¿Qué hace una pobre cuentacuentos, totalmente ajena al mundo, hablando de salud? ¿acaso los cuentos esconden la receta de algún brebaje curativo? ¿o quizá puedan aliviar algún tipo de transtorno mental? ¿o potenciarlo?, cualquiera sabe, cualquiera digo, yo desde luego no...

Me pito y me repito, ya que mi discurso no es muy largo ni muy complejo. Así trato de abordarlo desde lugares distintos, para sonsacarle alguna cosa... si se deja. Lo digo porque vuelvo a una afirmación que ya hice tímidamente en este blog: Una de las cosas que busco en un cuento es que algo cambie en mí, a mejor.
De esta manera, busco cuidarme yo y cuidaros, si queréis.

Pero lo de la salud es tan complejo... Acabo de buscar la definición de Salud en el diccionario y no me encaja con lo que quiero deciros. Os la transcribo: Estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones.
Ésta es la primera acepción y la más general. Lo que no me gusta de ella es lo de "normalmente"... Y eso que me encanta la normalidad, hay paz en lo que es normal... Pero hay algo en lo que considero normalidad generalizada que no creo saludable en absoluto, y muchas posiciones que se hallan fuera de esa normalidad parecen enormemente más sanas. ¿Entonces?...
La normalidad de las funciones de un hígado me resulta más fácil de definir que la de ciertos hábitos de conducta, o, lo que más me preocupa, como seres orgánicos que somos ¿cuál es nuestra función? ¿cómo la vamos a ejercer normalmente si ignoramos cuál es?

Encontré otra definición (hay miles, pero elegí ésta):
"La salud es principalmente una medida de la capacidad de cada persona de hacer o convertirse en lo que quiere ser."... René Dubos.

Pero si no sabemos cuál es nuestra función, tampoco sabemos lo que somos ni lo que queremos ser...

Cuando se habla de salud, parece que hay una serie de personas, profesionales, que sí saben perfectamente lo que nos conviene; lo que va a hacer que todas, absolutamente todas nuestras funciones, sean ejercidas con normalidad.
Nadie está completamente sano, o lo que es lo mismo, nadie es completamente normal, y por eso hay gran oferta de terapias: Aparte de las que ofrecen las medicinas occidentales, orientales, africanas... las psicoterapias como el psicoanálisis, la psicología conductista, la gestalt, tenemos también arteterapias, aromaterapias, musicoterapias, risoterapias, colorterapias... y están muy bien...

Se utilizan cuentos, desde siempre, para transmitir enseñanzas sobre todo esto: sobre lo que somos, sobre lo que sabríamos que queremos ser si nos escucháramos... Hay algunos psicoterapeutas, y algunos autores de libros de autoayuda, que los utilizan costantemente, que incluso tienen libros que son meras recopilaciones de cuentos.
Lo siento... Me producen rechazo... Y digo que lo siento, y es verdad, porque ya sabéis que Ensimismari, la que escribe en este blog, es sólo una de las personalidades de otra, a la que no viene a cuento nombrar, que sabe perfectamente que los libros de autoayuda y los cuentos que conducen a una moraleja, hacen su labor. Pero yo ni leo ni cuento para hacer ningún tipo de terapia (probablemente, de manera involuntaria, me sirva, nos sirva como tal) ¡Pero no! ¡me niego!
Os aseguro que eso no es saludable para mí, mi naturaleza se rebela ante esa normalidad regulada y vacía, ante esa falta de creatividad de seguir al pie de la letra la receta. Me enervan las moralejas sin salida, sin opciones, sin equivocaciones.

De esta manera, lo que le es saludable a mi organismo, es encontrar normalidad en ciertas anormalidades. Leer de pronto algo imposible, que sin embargo está escrito, y que tiene su verdad. Y sentir que no está solo.

Trabajo

Soy cuentacuentos.
Eso no es un trabajo, otra parte de mí tiene que trabajar de verdad, aunque eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión...

No soportaría que contar cuentos fuera un trabajo.

Voy a compartir con vosotros un párrafo de El Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad:

No, no me gusta el trabajo. Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia realidad, eso que sólo uno conoce y no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa.

Yo, Ensimismari, la cuentacuentos, soy perezosa. Mi misión cuentacuentística es serlo, y pararme a contemplar y a compartir esos ámbitos extraordinarios de los que ya he hablado y que son los cuentos. Arrastraros, si os dejáis, a esa pereza del no trabajar y ocuparse en otras cosas más hermosas y también necesarias.

Pero hay otra parte de mí, os lo confieso, que no es Ensimismari (aunque en este blog no quisiera que hablara mucho esa parte, ahora es necesario) y que trabaja (tampoco le gusta, no os vayáis a creer) y valora esos momentos que todos los trabajos tienen de mecánico, de ya aprendido, de monótono... que son aquellos en que, como Conrad sabía, uno entra en sí mismo y llega a lugares que le son exclusivos.

Estos momentos son oro para cualquier cuentacuentos.

Estos momentos son los que hacen posible que, al entrar uno en contacto con un cuento, con un personaje, una situación, una emoción, la descripción casi táctil de una brisa, diga Sí... ¡Qué placer!, qué mavavillosa identificación, qué, de repente, no sentirse solo, ¡cuánta alegría!.

Se necesitan quizá el trabajo y la rutina para mirar hacia dentro.
Se necesita la pereza para salir de esa rutina y entrar en lo extraordinario.
Y se necesitan las dos cosas para que lo ordinario y lo extraordinario confluyan y que todo, de golpe y porrazo, tenga sentido y... Toda esa felicidad.

Los cuentos y el espacio

En una entrada anterior, muy cortita, dije que un cuento es un ámbito extraordinario.
Muy bien,
trataré de hablar un poco de ese ámbito.

Un ámbito es un espacio, delimitado.

Como el metro cuadrado de Gómez (La Buenas Inversiones, de Julio Cortázar):

El metro cuadrado de Gómez es un metro cuadrado más entre montones, entre miles, millones de metros cuadrados de terreno en todo el mundo. Sin embargo es extraordinario, lo es primero porque nadie vende un solo metro cuadrado de terreno, vender un metro cuadrado en mitad o al extremo de los otros metros cuadrados plantea problemas de catastro, de convivencia, de impuestos y además, es ridículo y no se hace, qué tanto.
Es extraordinario porque tiene petróleo.
Y, sobre todo, es extraordinario por ser de Gómez, y porque es donde coloca su reposera y se sienta a leer el periódico y a comer el choclo que se prepara en su calentador Primus.

Si preguntamos a alguien del pueblo dónde vive Gómez, nos mandará a su hotel. El hotel no tiene nada de extraordinario, pero Gómez no es ningún idiota y sabe que no se puede pasar el día y la noche reposando en su microterreno.

Pero su casa no es el hotel.

Otro

Mentiroso compulsivo mata a un obispo en Roma:

De la película Noche en la Tierra, de Jim Jarmusch.
Está en tres partes y dura poco menos de media hora. Os recomiendo que os toméis ese tiempo y lo disfrutéis. Merece la pena.


¿No os parece un cuentacuentos genial?

No sé qué decir, con la película es más que suficiente.

Miente y se pilla a sí mismo: me encanta cuando dice que ya no come carne por lo de la oveja, y que tampoco come verdura por lo de la calabaza, y se da cuenta de la barbaridad que acaba de decir y añade "en realidad yo apenas como".

En parte se cree lo que está contando, y eso forma parte del juego. La mentira se vuelve verdad dentro de su propio ámbito. Eso es lo que nos hace participar de la historia y disfrutarla.

Más sobre cuentos y mentirosos...

O por qué soy cuentacuentos (al menos trataré de vislumbrar una de las razones).

Me viene a la cabeza un libro llamado Los Papalagi (lo podéis leer aquí), que recoge los discursos de un jefe samoano sobre nosotros, los europeos, a principios del siglo XX. En uno de los capítulos habla de los locales de pseudovida (los cines), y de como nos sentamos a contemplar a seres falsos, con problemas falsos, que viven aventuras falsas, y nos quedamos viendo su sufrimiento, su maldad, compartimos sus intimidades sin mover ni un músculo.
Me gusta el cine.
No me gusta hacer cosas para entretenerme, aunque a menudo las hago... no me gusta la expresión matar el tiempo, aunque me parece muy clara.
Me gusta ir al cine, participar de una película, y que algo cambie en mí. Salir de la sala diferente a como he entrado. Cuando veo una película busco ser mejor persona.
Me pasa igual cuando leo un libro.

Me pregunto si somos todos unos mentirosos: Aquellos que crean las historias y los que las contamos. Me pregunto si los lectores empedernidos, los visionadores de cine, estamos viviendo pseudovidas en lugar de lanzarnos a vivir la nuestra, como decía el jefe samoano...
Y no lo sé.

Sin embargo hay algo que sé, y es que hay algunos cuentos (lo voy a limitar a cuentos) que me han hecho un poco más buena y un poco más sabia (supongo que muy poco, pero algo, siempre algo).
Soy cuentacuentos para compartir esos pequeños mundos.

Soy una mentirosa que pasea por mentiras ajenas buscando esa pequeña iluminación.

Mentirosos compulsivos

Estoy preparándome un cuento nuevo: Madame Zilensky y el Rey de Finlandia, de Carson McCullers.
Si alguien tiene curiosidad, se puede leer aquí.

Comentándolo el viernes pasado con una amiga, ésta me hizo ver que el personaje de Madame Zilensky se parece mucho al mentiroso compulsivo protagonista de otro de los cuentos que me gusta contar: El día de cada día, de Quim Monzó.
(Éste no lo he encontrado por la red, pero en las bibliotecas es fácil, está en el libro Guadalajara).

Y me he dado cuenta de que me gustan mucho los mentirosos.

Ésta es una afirmación peligrosa. No me gustan los que mienten para engañar, a sí mismos o a los demás, para esconderse detrás de su mentira. No, eso no me gusta.

Lo que me conmueve es ese tipo de mentira que se vuelve verdad. Esa que transporta al embaucador y al embaucado a un nuevo mundo en el que abandonarse a gusto.

Me acordé también de otro texto que siempre me encantó (y éste se lo he de dedicar a mi amigo Alfonso), y que es el tercer poema de El Espantapájaros, de Oliverio Girondo.
Para leer éste, aquí está el enlace.

Otra mentirosa compulsiva maravillosa y feliz...

Los cuentos

Un cuento es un ámbito extraordinario.
Y ya...

Los cuentacuentos queremos llevaros de la mano a ese ámbito, somos los guías.

¿Qué no es ser cuentacuentos?

Ser cuentacuentos no es ser monologuista.
El monologuista cuenta anécdotas que parecen reales y personales, lo sean o no, y que hacen que el público se sienta identificado.
Hablo del monologuista tipo Club de la Comedia.
El monólogo teatral tampoco es cuentacuentos.
Los monólogos no son cuentos, son discursos. Éstos los puede hacer un personaje dramático que reflexiona ante la nada, o un cómico que se dirige directamente al público, haciéndole partícipe de sus opiniones, sus sentimientos...

Tampoco es cuentacuentos quien cuenta historias reales.

Ni lo es quien interpreta un cuento teatralizado.

Me presento


Me llamo Ensimismari y soy cuentacuentos.